CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA: SÍ, PERO NO ASÍ

Una constitución, entendida como una ley fundamental, una base sobre la que asentar el presente y el futuro de una comunidad política (no necesariamente democrática, ojo!), es imprescindible para cualquier forma de convivencia pluralista basada en la paz. La Constitución recoge la letra, y debería recoger también el espíritu, de un pacto entre las personas y grupos cuya convivencia formaliza. Y aquí llega algo importante: es este pacto el que construye y constituye a la “comunidad política”, y no al revés. Los “constituyentes” eligen denominarse X y formalizar su pacto en base a Xi condiciones, NO al revés.

El hecho último del origen de las constituciones es que los pueblos se hacen a sí mismos a través del diálogo y el acuerdo. Ni se hacen desde una élite, ni se diseñan desde algún manual. Esto es así porque el acuerdo constitucional, para validarse, necesita incluir a la mayoría cualificada de los sujetos afectados por ese acuerdo. Viene siendo algo así como una comunidad de vecinos: imaginad el desgobierno de acordar normas comunes, que afectan al conjunto de forma fundamental, sin el conocimiento y/o el consenso de la mayoría de vecinos/as.

Hoy, la Constitución Española afronta su 38 cumpleaños en un contexto complejo. Pues es obvio que el texto necesita actualizarse: el tiempo ha pasado y muchos de los avances, y retrocesos, producidos desde 1978 (cuando entró en vigor), han dejado lecciones valiosas de imprescindible incorporación al pacto básico de convivencia que es la Constitución. Algunas incorporaciones imprescindibles: reforzar los derechos fundamentales, incorporar derechos civiles derivados de la democracia y la sociedad de consumo, la precisión respecto al funcionamiento “democrático” de los partidos, el ajuste del modelo cameral español (el Senado está completamente desdibujado), etc.

A esto se deberían añadir otros aspectos necesarios de debate.

Pero lo importante no está en qué debe cambiar, eso es cuestión de otros muchos post, sino de cuándo y quién debe afrontar esa reforma.

Con el cambio del art. 135 a partir del compadreo de los partidos mayoritarios, y las dudas de su legitimidad, además de las consecuencias negativas derivadas de un cambio ausente de reflexión y debate, se nos devuelve a la base del pacto constitucional: no hay validez (ni gobernabilidad) posible sin una inclusión mayoritaria de los afectados por ese acuerdo. Esto no son solo los partidos sino, y fundamentalmente, los sujetos. No podemos confundir al representante con el representado, ni equipararlo, ni considerar que el % de voto de uno representa su nivel de apoyo en todas las cuestiones planteadas. La democracia se fundamenta en la inclusividad, la información, el debate y la reflexión.

A este hecho debemos sumar otra cosa: si las sociedades cambian, pues los recambios generaciones y los hechos tienen un impacto en el presente y el futuro de las comunidades políticas, los cambios del texto deben incluir a estas nuevas generaciones y a las lecciones aprendidas de estos hechos. O, en otras palabras, ni los nuevos partidos ni los nuevos temas deberían excluirse del debate constitucional. Cualquier exclusión sería una quiebra a la legitimidad tan básica que, incluso, podría poner en peligro la aceptación del pacto constitucional alcanzado.

La Constitución Española debe reformarse, pero no de cualquier manera, y menos todavía de la forma puesta en práctica durante la reforma del art. 135. Debe ser el dialogo, no el compadreo, el método fundamental para entrar, con un nuevo texto constitucional, en un nuevo tiempo en el que YA estamos viviendo.

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UNA VUELTA AL PASADO

El contexto mundial multilateral, impulsado extraordinariamente tras la IIª Guerra Mundial, y consolidado tras el fin de la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín -erigido sobre los hombros del conocido como “pensamiento único”-, atraviesa una intensa crisis. El sistema de organizaciones internacionales, de cooperación entre estados, de decisión multilateral y, especialmente, de resolución pacífica de controversias, está seriamente amenazado. Sus propios errores, a partir de problemas evidentes de legitimidad democrática y eficiencia económica, han despertado a su viejo antagonista dormido: el proteccionismo. Vuelven a la vida las viejas luchas.

La principal lucha en liza es la del internacionalismo contra el nacionalismo, la juridificación de la persona contra la jurificación del patriota, el diálogo basado en las similitudes (qué nos une) contra el diálogo basado en las diferencias (qué nos separa). En este contexto, el Estado-Nación recupera su protagonismo perdido, las estrategias multilaterales ceden ante las estrategias bilaterales, las zonas de influencia se substituyen por los polos y, en consecuencia, los actores internacionales del Estado-Nación vuelven a lógicas más basadas en su importancia geoestratégica (militar) que en su potencial económico-financiero (basado más en actividades de alto valor añadido, y menos en actividades primarias o industriales).

No es de extrañar, estando así las cosas, que las organizaciones internacionales con el futuro más comprometido sean, precisamente, aquellas donde la resolución de controversias y el multilateralismo son predominantes: el sistema ONU (OIEA, OIT, UNESCO…) y las instituciones derivadas directa o indirectamente de Bretton Woods (FMI, Banco Mundial, OMC…). Y las organizaciones internacionales con mayor capacidad de protagonismo, tanto en el futuro inmediato como a medio y largo plazo, sean aquellas de corte más claramente militar: la OTAN, fundamentalmente. Incluso resulte más significativo, para tener certezas de hacia dónde vamos globalmente, observar a las organizaciones que recuperan o adquieren protagonismo, que aquellas que lo pierden.

Lo más irónico de todo esto es que sabemos a Ciencia cierta que esta vuelta atrás hacia el nacionalismo, el proteccionismo y el bilateralismo, no va a funcionar. El s. XX ha dado numerosas muestras de su fracaso , en términos cuantitativos, y estremecedoras, en términos cualitativos. La IIª Guerra Mundial ha sido la más contundente. Entonces, ¿porqué lo estamos haciendo?, ¿porqué fundamentamos el fracaso del modelo neoconservador no en una corrección de errores, o en la búsqueda de nuevas e inexploradas alternativas, sino en la vuelta a viejas fórmulas ya conocidas por resultar fracasadas y catastróficas?, ¿cuánto tiempo más vamos a tener que desperdiciar antes de dejar atrás las viejas dicotomías y empezar a mirar al futuro con nuevas miradas?

Aunque desesperante, este revival de las viejas luchas, y de los viejos dramas y de los viejos fracasos, tiene una explicación: durante tres décadas, quienes no querían ni al nacionalismo ni al neoconservadurismo se han entretenido más en la oposición que en la construcción de alternativas. Ahora, que esas alternativas nos son imprescindibles para salir de esta lógica destructiva, cuando hacían falta nuevos esquemas a partir de los cuales salir de este atolladero, esas alternativas no están. Lógicamente, la izquierda política clásica tiene en esto gran parte de culpa. Obnubilados por el neoconservadurismo, por su propaganda económica y su lustrosa publicidad, renunciaron a seguir mirando al futuro, limitándose unos a gestionar el presente (socialdemocracia, le llaman), y otros a oponerse indignados a su gestión.

¿Y ahora qué? La única salida viable es empezar, ya, a construir esos esquemas, a promocionar esas nuevas ideas. Así, cuando el ciclo vuelva a cambiar, cuando el proteccionismo vuelva a confirmar por enésima vez su fracaso, quizás tendremos otro camino hacia el que virar distinto a los ya conocidos y que, por desgracia, solo saben llevarnos a la crisis y al fracaso.

Pongámonos cuanto antes a ello.

COMIENZA EL DESALINEAMIENTO EN ESPAÑA

Ya ha salido el primer CIS tras la crisis del PSOE (29 set. a 1 de oct.) y previo a la decisión de abstenerse para apoyar al PP. En cuanto a la intención de voto, tanto directa como indirecta, se confirma lo que decíamos hace poco respecto a la posibilidad de asistir a un desalineamiento en el sistema de partidos español. Lo vemos en los siguientes datos:

  • El PSOE se desploma desde el 23% estimado en el CIS anterior, hasta el 17% estimado en el actual. Una caída notabilísima en un tiempo reducido que es mucho más notable que en las anteriores crisis de liderazgo socialista, tanto en momentos de vacío de poder (1996, salida de Felipe González), hasta los casos de liderazgo dividido (especialmente en 1999, Borrel vs. Almunia). La hipótesis de esta mayor caída: no se trata solo de una diferencia de liderazgo, sino de una partición respecto a valores, principios y posiciones políticas relevantes en la construcción del sistema de partidos.
  • Nadie aprovecha la caída del PSOE: la izquierda desalineada no está todavía realineada en otras opciones. Aquí la palabra clave es “todavía”. Como todo proceso social, el tiempo en que se desarrolla es lento, precisa una larga maduración. Este electorado flota ahora entre la abstención (20%) y la indecisión (12%). Muy pocos van a otras fuerzas políticas. Sin embargo, es importante tener clara una cosa. Si estamos ante un proceso de desalineamiento, estos votos se irán “a otro lado”. Y si es una crisis coyuntural, estos votos “volverán a casa”. Mi hipótesis: estos votos no volverán al PSOE. Del 100% de votantes del partido el 26J, solo el 55% le era fiel antes de la abstención. Me consta que, ahora mismo, ese porcentaje es inferior al 45%. Veremos en el futuro cuál es la tendencia.
  • Los jóvenes abandonan al PSOE. Efectivamente, son los grupos demográficos más jóvenes los que demuestran una mayor distancia, o menor identificación, con el Partido Socialista. Este proceso no tiene vuelta atrás, estos grupos ya tienen una edad donde la “reidentificación” no es una opción. A su vez, esta identificación impulsará cambios en otras generaciones o grupos, tanto posteriores (los jóvenes que vienen) como anteriores (sus padres y/o sus abuelos). Ahora solo quedan por dilucidar dos cosas: el ritmo conque se produce este cambio, y la relevancia que tiene para el sistema de partidos (si estas generaciones no votan, no hay cambio significativo o su magnitud se reduce).
  • El PP sube muy poco a poco… y Ciudadanos se consolida. Cs juega en otra liga. En la derecha española los cambios son mucho más complicados, sobre todo porque se producen a un ritmo mucho más lento. ¿La razón? Las generaciones más maduras tienen en la mente, y muy frescas, las consecuencias del colapso de UCD: la irrelevancia de la derecha en España durante 14 años (1982-1996). Por eso, sus pasos a la hora de castigar a la única formación de referencia en la derecha española se miden muy bien, no se vaya a infligir un castigo excesivo o de consecuencias más negativas de lo necesario. Con este panorama, el PP consolida una pérdida de 12 puntos de intención, que retiene Cs, y que da muestras de un posible cambio sostenido en la derecha a medio plazo. ¿Volverá el PP a cuotas del 40% de voto o superior? Ahora mismo, parece difícil.
  • El sorpasso de Podemos tiene pinta de poder consolidarse. Si esto es así, si asistimos a un ciclo político corto y volvemos a elecciones generales antes de acabado 2018, el sorpasso podría consolidarse y tener unas consecuencias muy notables en el sistema de partidos. La primera y más importante: acelerar la desintegración del PSOE. Al Partido Socialista solo le queda una carta: navegar en una legislatura larga y que las municipales y autonómicas se produzcan antes que unas nuevas generales. Previsiblemente, el desgaste en el gobierno de Podemos y sus confluencias podría ayudar a un reajuste electoral que, quizás, pudiese ayudarles a recuperar “algo” del voto perdido. Cualquier otra opción es muerte.

El último CIS nos ha dado datos coherentes con la teoría del desalineamiento político. Del mismo modo, las encuestas inmediatas o posteriores a la abstención del PSOE parecen confirmar esta tendencia: el PSOE se desploma hasta el tercer o cuarto partido en España -alguna encuesta no publicada sitúa a Cs unas décimas por encima del PSOE-. Con todo, serán los datos que obtengamos a partir de ahora los que nos permitirán observar si, efectivamente, vamos hacia un nuevo sistema de partidos, o estamos simplemente ante la crisis coyuntural del viejo sistema.

El tiempo dará o quitará razones pero, personalmente, me mantengo en la primera opción.

España camina hacia una nueva era democrática, hacia un nuevo sistema de partidos. Posiblemente, los nuevos actores deban todavía experimentar alguna que otra vuelta de tuerca para competir con los demás. Pero, sin duda, los partidos tradicionales tienen también los días contados en cuanto a su rol hegemónico, capacidad monopolística de maniobra y liderazgo de la opinión pública. Un nuevo tiempo se asoma y, antes de que entre por la puerta, estamos asistiendo a los últimos rescoldos del viejo sistema que se está yendo con estrépito por la ventana.

APOCALIPSIS Y CIENCIA FICCIÓN

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A un lector empedernido como yo, le ha llamado poderosamente la atención cómo, últimamente, la Ciencia Ficción parece tendente a hablar sobre el apocalipsis. O, más en concreto, sobre el postapocalipsis.Y esto, creo, pasa por varios motivos.

EL APOCALIPSIS ESTÁ PASANDO YA

La Ciencia Ficción ya ha superado el punto apocalíptico, y lo ha hecho porque, para la mayor parte de los autores y las autoras del género, es una realidad y está sucediendo ahora. Todas las tendencias analizadas como posible origen del apocalipsis están ya en marcha: o es un conflicto armamentístico, o es un virus de diseño, o una crisis medioambiental, o un cataclismo económico-financiero. Las pocas obras que se centran en el apocalipsis parten de aquí, de fenómenos que ya están sucediendo, y especulan sobre el mismo punto: cómo ocurrirá, cuál será el punto de inicio. Y lo hacen sobre el cómo porque sobre las demás dimensiones existe un consenso: quién (la humanidad contra sí misma), qué (desastre humanitario), por qué (por estupidez), cuándo (AHORA).

Esta tendencia refleja otro factor relevante: el pesimismo existencial. El género, como mucha gente en las calles y en sus casas, no ve en el contexto futuro otro color distinto al negro. Unas pésimas perspectivas que surgen de una escasa o nula fe en el ser humano. Da igual que sea por una estupidez congénita o por mala fe, porque somos seres pérfidos o, simplemente, inútiles. La humanidad no parece tener ni solución, ni alternativa ni, lo que es peor, propósito de enmienda. Ganan los malos, simplemente, porque no puede pasar otra cosa en una especie de destino trágico: impulsar la extinción de otras especies al tiempo que promueve la suya.

EL POSTAPOCALIPSIS NO ES COMO LO IMAGINAS

Si Comarc McCarthy ha hecho una novela capaz de penetrar hasta el imaginario profundo de la humanidad entera, esa es La Carretera. Un clima horrible, una humanidad cruel, un destino durísimo, violencia por todas partes… Esa es la “microimagen” que todos/as (o casi) tenemos del apocalipsis, justo lo que pasa en las calles, a la sombra de esos edificios ardientes o en ruinas. No nos imaginamos otra cosa que sufrimiento y muerte, violencia y dolor.

Pero la Ciencia Ficción lleva años explorando otro contexto radicalmente distinto y que responde a una pregunta clave: ¿qué pasa cuando todo eso deja de ocurrir, cuando ya no queda más violencia y más miedo, porque no quedan ya ni fuerzas, ni recursos, ni enemigos contra los que seguir luchando? Dos novelas son, para mí, paradigma excelso de este punto de vista: La constelación del perro, de Peter Heller, y Anna, de Niccolò Ammaniti. Uno desde un punto de vista adulto y maduro, otro desde el punto de vista de la infancia, pero ambos centrados en lo mismo: cómo vivir la vida cuando el vivir parece haber dejado de tener sentido.

Y esto me lleva a que ver cómo la Ciencia Ficción señala un aspecto muy interesante, que todos/as deberíamos empezar a considerar: el verdadero ocaso no sucede con el desastre o la violencia, sino mucho tiempo después de él, cuando las pocas personas vivas que queden tengan la seguridad (o la certeza aproximada) de que sus días son los últimos días de una persona en La Tierra. No hay esperanza más allá. No hay alternativa ni escapatoria. Su muerte implicará “la muerte” de toda la especie, para siempre y sin vuelta atrás. ¿Cómo serían, cómo harían esos seres humanos para llevar sobre sus hombros un peso semejante, el peso de una vida sin sentido?

CIENCIA FICCIÓN Y APOCALIPSIS

La Ciencia Ficción está alcanzando una altura de miras que muy pocos imaginaban no hace mucho tiempo. Su imaginación estaba perdida en el espacio, en las luchas de naves y en los imperios galácticos. Pero, de repente, el género le dio una sorpresa a los escépticos. Apareció “Nunca me olvides”, de Kazuo Ishiguro, y la CF le dio la vuelta a su punto de vista y, por sorpresa, pasó de observar el espacio exterior a hacerlo al espacio interior, al alma humana. No importan ya tanto las invenciones como las reacciones, lo que seamos capaces de crear como lo que somos capaces de hacer con ello.

ABSTENCIÓN Y PARTIDOS

Por un momento olvidémonos de estrategias y tacticismos, y analicemos una abstención o un no a un gobierno del PP y de Rajoy desde la teoría de los partidos políticos: qué son, cómo se construyen y cómo les afectan los cambios.

IDEAS BÁSICAS

Según esta teoría, un partido surge a partir de una facción, de una división, de una falla (cleavage o clivaje), que divide a una comunidad política en dos o más partes. Cada partido se sitúa encima de una de esas facciones, de esas divisiones, representándola y defendiéndola ante los demás. Al resultado de la suma de estas divisiones, y de cómo se sitúan los partidos respecto a ellas, lo conocemos como “sistema de partidos”.

En España, desde la década de 1980, dos partidos han sido capaces de representar antagónicamente al conjunto de divisiones que estructuraban a la sociedad española: modelo territorial, modelo fiscal, políticas sociales… El PP y el PSOE tenían, realmente, posiciones opuestas y, para la gran mayoría de ciudadanos, uno u otro representaban “su” opinión -fuese una u otra- en alguno o en todos estos temas clave. Como resultado, de 1982 a 1989 y de 1996 a 2004 se alternaron el PSOE y el PP, respectivamente, en dos períodos de dominación política. Con mayoría absoluta o sin ella, un partido conseguía albergar una mayoría social a su alrededor.

Sin embargo, la teoría de partidos tiene muy presente algo que, en el contexto actual, profesionales de la política y analistas parecen olvidar: los partidos están situados “sobre” unas divisiones sociales que son móviles, dinámicas y flexibles. Y si esas divisiones cambian, o los partidos cambian con ellas y se adaptan… o será el sistema de partidos el que cambie. A estos cambios los conocemos como “desanclaje” o “desalineamiento”, cuando hablamos de los partidos que antes representaban una facción o división y ahora no lo hacen, y como “reanclaje” o “realineamiento”, cuando hablamos de los partidos que representan ahora a esas o a nuevas divisiones que pudieran surgir.

Otra idea interesante es la de “cristalización”. Como las divisiones sociales son dinámicas y flexibles, tenemos siempre cambios que afectan a los partidos, pero ni todos esos cambios fructifican, ni afectan a los partidos de la misma manera. Cuando los cambios no tienen efecto en los partidos, y por tanto siguen representando sólidamente una división social cualquiera -aunque ésta haya cambiado en alguna medida-, nos referimos a una fractura social como”cristalizada”. Sin embargo, cuando estos cambios sí afectan a la representación de los partidos, nos referimos a una “ruptura”. Y esto es importante porque, aunque exista una larga estabilidad sobre una fractura social o sobre un conjunto de ellas (cristalizada), el riesgo de una ruptura es real y constante (es inherente al cambio).

Y no es un riesgo baladí pues, una vez producida, la “ruptura” genera cambios definitivos y relevantes en el “sistema de partidos. Por eso existe una estabilidad en el voto y los resultados cuando hablamos de una estructura “cristalizada”, pero existe una alta inestabilidad y volatilidad en el voto cuando la estructura es inestable o está en proceso de cambio y ruptura. Entonces, ¿dónde está España ahora? Y ¿cuáles son las opciones en el sistema de partidos ante este contexto? Veámoslo.

ESPAÑA HA CAMBIADO

Muchas cosas han pasado desde que comenzó la democracia a funcionar, con la entrada en vigor de la Constitución de 1978. Nuevas generaciones de jóvenes, con una educación más amplia, con nuevos valores, pautas de consumo y exigencias son, hoy y ahora, el presente y el futuro del país. Estos nuevos grupos demográficos han transformado la cultura política de España. Solo es cuestión de tiempo que, a medida que se vayan incorporando y madurando, los cambios que traen consigo se acaben extendiendo y consolidando. Sean los que sean, para bien y para mal.

Por la izquierda, en 2004 fueron estas generaciones las que impulsaron a Zapatero a La Moncloa. Años después fueron también ellas, con sus exigencias, las que pusieron al gobierno de Zapatero ante las cuerdas con el 15M. Y años después provocaron la dimisión de Rubalcaba, tras el descalabro del PSOE en las elecciones Europeas y el surgimiento de una nueva fuerza política: Podemos.

En la derecha, estas generaciones han sido las primeras en abandonar al PP desde la mayoría absoluta de 2011, llevando al PP al mayor descenso electoral de un partido desde la caída de UCD (de 186 escaños en 2011 a 132 escaños en 2015), ellas son las que persisten en abstenerse o cambiar su voto mientras la corrupción siga instalada en el PP, y gracias a ellas emergió y se mantiene en pié el partido de Ciudadanos (Cs) -liderado, además, por personas pertenecientes a estas generaciones-.

¿Porqué Cs no ha tenido el mismo impacto en la derecha que Podemos en la izquierda? La respuesta tiene una base aritmética: entre las nuevas generaciones hay más personas vinculadas a posiciones de izquierda que de derecha. ¿Y porqué la nueva política todavía no es alternativa a las fuerzas ya establecidas? Otra vez la aritmética: estas generaciones votan menos respecto a las mayores (“cristalizadas”, en gran medida, en el PP y el PSOE). Pero estas generaciones crecerán y, por tanto, se irán incorporando en mayor medida a las elecciones con su voto, y cuando esto pase (y va a pasar)… ¿qué le ocurrirá al sistema de partidos?

Entonces, esta aritmética también nos confirma otra cosa: el cambio es imparable. Las nuevas generaciones de hoy, como las de 1970 entonces, traen consigo un nuevo conjunto de fracturas y divisiones. Aquellas generaciones venían de un boom demográfico que aceleró los cambios extraordinariamente. Las generaciones actuales vienen de un saldo vegetativo escasísimo que los podría ralentizar algo más -aunque vayan a ser, a la postre, igual de irremediables-.

¿Comprenden los partidos tradicionales la profundidad de estos cambios? ¿Son los partidos establecidos lo suficientemente hábiles para adaptarse exitosamente a ellos y seguir siendo representativos, o no? ¿Serán las actuales fuerzas emergentes capaces de substituirlas, o todavía debemos esperar más novedades en los años que se suceden? Desde luego, el momento político que nos ha tocado vivir es tan inestable como interesante.

ABSTENCIÓN Y PARTIDOS

Hemos dicho que los partidos se sitúan “sobre” unas fracturas, y que estas fracturas están constantemente sometidas a cambios. También que las nuevas generaciones traen consigo parte de esos cambios y esas innovaciones. Pero, ¿qué pasa cuando quién cambia no es la  fractura que divide a una comunidad política, sino el partido que la representa? Al fin y al cabo, si las fracturas son islas y los partidos sus gobernantes, no solo puede cambiar la geografía de la isla, sino también la política de su gobierno. ¿Qué pasa cuando esto ocurre?

Siguiendo con el símil isleño: los habitantes de la isla eligen a su gobierno porque existe una coincidencia en sus valores y principios, intereses e ideas, deseos y esperanzas. La representación de un partido, y la “cristalización” alrededor suyo, surge de esta coincidencia, de esta identificación básica. Cuando esa identificación se erosiona hay descensos electorales y crisis de partido, pero si esa identificación se rompe… el “desalineamiento” supone que la confianza perdida no se va a poder recuperar; por mucho que el tiempo pase y por mucha penitencia que se haga.

Las personas identificadas con las fracturas sobre la que se asienta el PSOE, están ahí no solo porque tienen unas ideas positivas sobre qué quieren, sino también porque tiene unas ideas -igualmente claras- sobre lo que no quieren. Y en el antagonismo PP-PSOE, vigente hasta ahora, lo que no quieren está representado por el gobierno de la otra isla: no quieren al PP, a lo que representan las políticas del PP (si lo quisiesen, vivirían en otra isla). Una abstención para favorecer que el PP gobierne, sea técnica o no, supone atenuar o difuminar o borrar las diferencias entre los gobiernos de ambas islas. Se dan los factores necesarios para un “desalineamiento”.

Las encuestas disponibles, desde el 1 de octubre 2016 hasta ahora, así lo confirman. En tres semanas el PSOE ha perdido entre 4 (Metroscopia), 5 (Celeste Tel) y 7 (Simple Lógica) puntos en intención de voto. En cifras, entre 800.000 y 1.400.000 de votantes del PSOE se irían ahora a la abstención o a otras formaciones. ¿Imagina el lector entre qué sectores demográficos ha perdido más voto el PSOE? Efectivamente, entre los grupos de edad más jóvenes. Y, según lo antes dicho, posiblemente el “desalineamiento” en estos grupos demográficos lleve al PSOE a un declive lento, con la única ancla y sostén de su electorado de mayor edad.

Esto nos obliga a aclarar otro punto: que exista un “desalineamiento” del electotado socialista no implica, obligatoriamente, un “realineamiento” alrededor de otros partidos. Si hubiese tal realinieamiento, improbable a corto plazo por la desconfianza del anterior votante socialista respecto a las demás alternativas disponibles, sería con bastante tiempo por delante. Nuevamente, las encuestas recientes así lo confirman: del 100% de votos socialistas perdidos en cada una de las encuestas, entre el 30-45% votarían a otras formaciones, mientras que los demás se irían a la abstención. Hay “desalineamiento” importante, pero el posible “realineamiento” parece más moderado -lo que encaja con la teoría.

Ergo: al PP le esperan varios años de dominio porque su isla, a diferencia de la vecina, no solo permanece sólida, sino que los casos de corrupción le ha permitido desarrollar una estrategia de “victimización” para que todos sus habitantes se sientan “solidarios” con su gobierno. El problema lo tiene Ciudadanos: a quien esta estrategia podría perjudicar gravemente si no cambia su posición respecto a las “fracturas” que articulan a la sociedad española -otra vez hay coherencia de los datos con la teoría.

A largo plazo, al PSOE también le esperan décadas de sufrimiento: el “desalineamiento” no solo afectará a las generaciones jóvenes y de media edad actuales (de 18 a 45 años), sino a las generaciones que se incorporen en el corto plazo y, posiblemente, a las inmediatamente siguientes. Y el sufrimiento será más notable a medida que las generaciones que lo apoyan se vayan yendo, y las generaciones “desalineadas” se vayan incorporando.

La teoría de los partidos desaconseja una decisión que no solo estaría facilitando el desalineamiento alrededor del PSOE, sino que podría acelerarlo e, incluso, potenciar un proceso de “realineamiento” que, de “cristalizar”, tendría efectos sólidos y duraderos a corto y medio plazos. Por lo de pronto, Podemos sube 1 punto en intención de voto por cada 2 que pierde el PSOE y, ahora mismo, ya es segunda fuerza política. Tomar decisiones que acentuasen esta tendencia podría tener consecuencias irreversibles. Entre ellas, condenar a la izquierda española a años de inestabilidad (como la derecha padeció entre 1982 y 1991) lo que, a la postre, significa un dominio de una derecha. Lo que no es una situación saludable en ninguna democracia que se precie.

COMITÉ INVISIBLE: A NUESTROS AMIGOS (PEPITAS DE CALABAZA, 2014). REVISANDO EL ANARQUISMO.

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La semana pasada hablaba del libro de Sartori La carrera hacia ningún lugar (Taurus, 2016) y de cómo muchas de sus categorías y conceptos, en el análisis de la izquierda, resultaban hoy ridículamente anacrónicos. Una de mis razones es porque, aunque él tuviese su ancla conceptual en la década de los setenta, desde entonces la izquierda seguía avanzando extraordinariamente en el aspecto teórico. Pues bien, estamos ante uno de esos libros donde la izquierda demuestra una extraordinaria capacidad de análisis y de autotransformación.

A nuestros amigos (Pepitas de Calabaza, 2014) es la segunda obra del Comité Invisible (CI) después de La insurrección que viene (Melusina, 2009). Comité Invisible es un colectivo anarquista francés cuyos miembros y pertenencias son todavía controvertidas. Detenidos algunos de ellos por la policía francesa en 2008, tras un intento de sabotaje al tren francés de alta velocidad, le atribuyen la autoría de estos textos al activista político galo Julien Coupat. Pero hay un problema: en la escritura se perciben, claramente, más de dos manos y más de una cabeza.

 

ANARQUISMO: MUNDO Y PERSONA

El anarquismo se sitúa, a día de hoy, como una interfaz ideológica construida para regular la relación entre nosotros (las personas) y el mundo que nos rodea. Aparentemente sencillo, sí. No obstante, la dificultad de realizar una propuesta anarquista viable está en todos los intermediarios actualmente presentes: las estructuras sociales (familia, amistades, lazos de dependencia económicas…), las infraestructuras institucionales (los estados, las organizaciones internacionales, las corporaciones…), etc. Una alianza de intereses propios, ajenos al ser humano, que buscan transformar su vida, o por lo menos orientarla, en su propio favor -en otras palabras, buscan instrumentalizar la vida humana, desnaturalizándola y alienándola, hasta ponerla a servicio de esos intereses-.

El anarquismo surge del humanismo. Tanto en su perspectiva libertaria (reflexionar sobre el ser humano y las condiciones de su libertad), como en su perspectiva de lucha de clases (reflexiona sobre cómo derribar los obstáculos a la libertad del ser humano), es el desarrollo personal del ser humano, o la búsqueda de la felicidad, el epicentro de todo su discurso. Lo que hace distinto al anarquismo de otras perspectivas son varios elementos. Uno: su consciencia plena respecto a los aspectos sociopolíticos que determinan esa búsqueda/consecución de la felicidad. Dos: aunque introduce elementos comunitarios, pues la consecución de esa felicidad es una tarea colectiva, mantiene en el individuo su epicentro/eje. Tres: define en la comuna un entorno práctico-ideal donde las habilidades/capacidades de cada individuo alcanzan su realización y, durante ese proceso, también favorecen la realización de los demás. Por tanto, cuatro: el concepto de necesidad se relativiza o disuelve dentro del de realización.

A nuestros amigos resulta una reflexión teórico-práctica sobre cómo, en el contexto sociopolítico contemporáneo, derribar las estructuras e infraestructuras que se interponen entre la persona y el mundo que lo rodea, impidiendo su realización e, in fine, la conquista de su felicidad.

 

OBSTÁCULOS Y TRAMPAS

El anarquismo de lucha de clases, mucho más que el libertario, reflexiona sobre los obstáculos y trampas exógenos, que otros nos colocan en el camino para, como decíamos, instrumentalizar nuestras vidas en su favor. Este libro dedica parte de su texto a esta reflexión, y otra parte a los errores que la izquierda ha cometido (y comete) respecto a estos obstáculos y trampas.

La fragmentación de las luchas en la izquierda ha llevado, también, a la fragmentación de las fuerzas y de las técnicas. Mientras un buen luchador persigue siempre concentrar toda su fuerza en un único punto,  esta fragmentación de las luchas mantiene a la izquierda dividida y entretenida en distintos puntos: reduce su fuerza, su legitimidad y las posibilidades de victoria. Esta fragmentación es consecuencia, para el Comité Invisible, de una terrible pérdida de perspectiva respecto a cuál es el fin último de la lucha y, sobre todo, a cuál es la geografía del campo de batalla.

La globalización parece haber distorsionado extraordinariamente el mapa de coordenadas de la lucha política. Por un lado, se han introducido otros motivos de lucha que, en lugar de sumarse gregariamente en cuanto parte de la lucha principal, se han adoptado invididual y sumativamente. Por otro lado, se ha adoptado una construcción ideológica del espacio donde lo glocal (global+local) ha politizado todos los rincones del planeta, absorbiendo al espacio de la autonomía y la libertad humanas, restringiendo la lucha, marcando sus fronteras únicamente en base a sus intereses. En opinión de CI la única solución pasa por la recuperación del espacio y su reconstrucción, redefiniendo su uso no en base a las estructuras/infraestructuras que se interponen entre la persona y el mundo, sino desde la relación directa y equitativa entre ambos.

La dominación se esconde tras esta relación mediada entre el mundo y la persona. Desde las estructuras/infraestructuras mediadoras se ha impuesto la idea de una naturaleza peligrosa que “hay que dominar” (sentido inmanente de peligro o muerte). Si no dominamos el medio, él acabará con nosotros. Si no dominamos a nuestros semejantes, ellos podrían acabar con nosotros. Si no nos dominamos a nosotros mismos, incluso yo podría contribuir inconscientemente a mi propia destrucción. El miedo a la Otredad y el miedo a la Mismidad convergen en “el control como necesidad”. Un control dispensado ¿por quién?: por las mismas estructuras/infraestructuras que quieren utilizar nuestra vida para extender su control.

He aquí, entonces, la vuelta al paradigma anarquista: la lucha por la libertad se disputa a quién quiere arrebatárnosla. Y esta lucha no es material sino, fundamentalmente, de naturaleza ideológica.

 

LOS ERRORES DE LA IZQUIERDA

Si en una disputa entre dos partes, una parte acepta sin negociación las reglas de desarrollo de la otra, la disputa acaba antes de empezar pues, suponiéndose ambas partes iguales en derechos-deberes-oportunidades, una ya ha rendido su igualdad de inicio ante la otra. Este desequilibrio de partida afecta también a la legitimidad de la lucha, deslegitimando los motivos para la disputa incluso antes de empezar. La inevitabilidad de la derrota está casi servida.

Para el Comité Invisible la izquierda, y especialmente la izquierda negrista -pues, a diferencia de la socialdemocracia o el marxismo clásico, son más conscientes de la guerra en curso-, han adoptado una estrategia de rendición que solo los conducirá a la derrota. La indignación de movimientos como el 15M u Occupy Wall Street no tienen posibilidades de prosperar porque comienzan la lucha cediendo las reglas, las técnicas de lucha y el campo de batalla, al enemigo. Se adopta una perspectiva de resistencia o de alteridad o de oposición que, sin otras formas adicionales de lucha, no conducen más que a un callejón sin salida. Y ese callejón sin salida es una derrota sin paliativos.

El anarquismo del CI apuesta por abandonar la geografía política de la dominación, partiendo de una nueva ética humanista y, a partir de ella, de una nueva definición de Lo Real. La hermandad, la creencia y la confianza en lo que nos une, nos reconcilia con la Naturaleza. La humanidad no es hostil a la naturaleza, sino parte de ella. Ergo, su actitud ante ella no debe ser “hostil” (pues es una hostilidad dirigida contra nosotros mismos), sino de conciliación, de búsqueda de un lugar específico no con ella sino dentro de ella. Este proceso de búsqueda nos conducirá, irremediablemente, a una ética eficaz de lo común más allá de artificios teóricos o rendiciones parciales a categorías ajenas (delito achacado a Antonio Negri y secuaces), tendrá como consecuencia un decrecimiento efectivo y viable, basado en un nuevo marco de relaciones humanas más directo y solidario.

En síntesis, CI cree en una lucha basada no en aceptar la geografía del campo de batalla impuesta por esas estructuras/infraestructuras mediadoras, sino en una reapropiación del campo de batalla. El proceso no es la aceptación parcial de verdades ajenas, ni tampoco su simple oposición (indignada o no) desde las altas atalayas de la opinión pública, sino la toma del campo y su redefinición categorial y conceptual.

 

CONCLUSIÓN

Las lecturas teóricas generales de A nuestros amigos (Pepitas de Calabaza, 2014) resultan originales y atractivas, por cuanto albergan en su seno contundentes dosis de verdad y de realidad. Son tan analíticas como propositivas, alcanzando un equilibrio entre el ser y el deber ser. Además, albergan un profundo sentido crítico, ácido e incluso cruel a la hora de aceptar las derrotas afligidas, pero también realista a la hora de afrontar las posibilidades de victoria que todavía están en juego. Por eso es na lectura reflexiva y edificante, constructiva y posibilista.

Personalmente, creo que su análisis de la lucha en el campo de la izquierda da de lleno en muchos problemas realmente existentes: la aceptación parcial del discurso enemigo, la fragmentación de las luchas, la deslegitimación originaria de muchos combates consecuencia de esa aceptación parcial de las reglas del juego, el despiste respecto a los fines últimos del combate político, la confusión respecto a la geografía del campo de batalla, etc. La argumentación está construida con un hilo lógico coherente y bien llevado, sin contradicciones o callejones sin salida aparentes, que le aportan un interés mayor al de muchos otros textos de este tenor. Y por eso ha dotado al CI de una influencia creciente digna de tenerse en cuenta.

También resulta valiosa la coherencia y concreción en la propuesta de su proyecto anarquista. Lejos de la crítica pura, aporta una alternativa ética y moral, ideológica y práctica, que nos permite visualizar materialmente cuáles serían los ejes y aspectos principales de su propuesta. Eso sí, al tratarse más de una reflexión teórica que práctica, la viabilidad de su lucha nos queda algo coja. Hándicap resuelto de la forma menos original, y quizás más lógica, tratándose como se trata de una propuesta invisible con cierto halo de lógica clandestinidad: ya nos veremos en los bares y nos encontraremos en las calles, para discutir sobre eso.

Para mí, su análisis merece ser tenido muy en cuenta, especialmente a la hora de plantearnos la necesidad de una reconfiguración de la política práctica. Algo necesario si lo que buscamos es la felicidad, a partir de una idea concreta de la vida buena (que no la buena vida), y consideramos este fin como importante y fundamental.

LA CARRERA HACIA NINGÚN LUGAR (Taurus, 2016): SARTORI FUERA DE ONDA.

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Mal acostumbrados como estábamos a sus obras excepcionales, a sus razonamientos agudos y certeros, a sus desarrollos lógicos cuidados y explicados paso a paso con brillante didactismo, nunca esperamos llegar a ver un esperpento como La carrera hacia ningún lugar (Taurus, 2016). Ese momento, por desgracia, ha llegado y es ahora. Aquí tenemos temas extemporáneos expuestos a salto de mata, sin una lógica lineal, sin coherencia y, lo que es peor, totalmente miope respecto a su propia ideología. Durante buena parte del ensayo critica las exposiciones ideologizadas o ideologizadoras cuando, precisamente, este libro surge de la ideología para reivindicar un modelo de sociedad muy concreto.

Pero nos llevaría mucho tiempo y espacio elaborar una crítica exhaustiva, y tampoco es ese el objetivo. Así que nos vamos a centrar en unos pocos puntos para desentrañar qué es este libro, sobre qué habla y por qué de su lectura resulta un esperpento devastador.

TEMAS E IDEOLOGÍA

Sartori no innova, sino que insiste y precisa (o reforma) sus temas más relevantes y mejor conocidos: principalmente la inmigración y la integración, la crítica a la izquierda marxista, la relación entre la sociedad y la religión y, de forma ya muy tangencial, las consecuencias sobre la convivencia democrática de la infosociedad o de la superpoblación. Todas estas líneas argumentales confluyen en una defensa encendida de un modelo sociopolítco de corte democrático-liberal, con valores morales cristiano-católicos, poseedora de un sistema político escasamente representativo e inclusivo gracias a su reivindicación de mecanismos institucionales presidencialistas de corte mayoritario y derechos limitados de ciudadanía.

Efectivamente, su visión surge desde la democracia-cristiana europea, con la que es plenamente coincidente. Sin embargo, y aquí descansa la base del esperpento, ésta es una procedencia en todo momento rechazada. No en vano, defiende la existencia de un sistema electoral “perfecto” (capítulo 4) sin precisar,claro, los criterios evaluadores de tal perfección. Se alude al rechazo de su propuesta porque los legisladores están a lo suyo, y no a lo que sería conveniente. Pero entonces, lo que él cree conveniente lo es… ¿en base a qué criterios? No lo precisa.

Tampoco precisa su definición de “ciudadanía” (y de “libertad”) y la relación de este concepto con su idea de “integración”. Por eso puede proponer, sin caerle los anillos, una sociedad democrático-liberal donde personas con papeles y plenamente participantes en la comunidad no tengan sin embargo, por motivo de su origen o de sus creencias (o ambos), el derecho a votar o, incluso, a organizarse en partidos. O a que se detenga a todo ciudadano con casco de moto sin una moto bajo el culo -no vaya a ser que ese casco ampare a un vándalo.

Otro aspecto interesante es cómo trata a la izquierda política. Sorprende que, pasados tantos años desde el fin de la URSS, y con una madurez social e histórica tan amplia en la izquierda, Sartori ejerza una crítica a categorías y formas del pasado remoto ya no solo rechazadas por la izquierda actual, sino substituidas por otras formas radicalmente distintas. Aquí se vuelve a discutir sobre el concepto de “revolución”, sobre si Stalin o Mao fueron perjudiciales o beneficiosos, sobre si Lenin era un revolucionario reformador o simplemente un destructor, etc. Sartori se quedaría boquiabierto si leyese a Balibar, a Antonio Negri, a Slavoj Zizek, a Badiou… O si abriese los ojos a fenómenos contemporáneos como Siryza o Podemos.

Y la misma miopía resurge con fuerza cuando habla del islamismo. Al referirse al islamismo moderado contempla dos tipos: o son intelectuales residentes en Occidente (atemperados por su contacto con la cultura occidental) o son residentes en autocracias teocráticas (como Arabia Saudí o Pakistán), punto. Con las únicas excepciones de Turquía y Marruecos, obvia por completo el pluralismo político del islam dentro de las sociedades islámicas y de los países árabes. En el reverso de la moneda, un Occidente secularizado posee valores presuntamente asépticos pues, al parecer, la separación del derecho romano y el derecho canónico es suficiente para no existir conexión entre los valores critiano-católicos y el proceso legislador de las democracias.

LO QUE LAS OMISIONES ESCONDEN

Este libro de Sartori es el primero donde uno tiene que fijarse más en qué no dice, que en aquello que sí dice.

La economía está prácticamente desaparecida de este libro. Como por arte de magia, sus propuestas políticas están desprovistas de un subsistema económico-productivo donde puedan/vayan a tener lugar. La única vez que aparece es para criticar al Papa Francisco I por hacer la siguiente declaración: “el dinero es el estiércol del diablo” (p. 74). Tampoco se reconoce que la economía pueda ser motivo para iniciar guerras o invasiones o colonizaciones. De hecho, aunque se reconoce que fueron países occidentales los primeros en iniciar un ataque contra países islámicos, también se afirma que ello tuvo lugar “sin querer” (p. 51). Simplemente, la civilización occidental es demasiado irresistible, atractiva y atractora, como para oponerse o incluso resistirse a mantener una relación con ella.

El por qué de ese atractivo, como es de suponer, no se explicita.

Sociológicamente, las sociedades parecen ser para Sartori bastante monolíticas. No solo en las sociedades islámicas su pluralismo parece inexistente, sino que en las sociedades occidentales no parecen existir tampoco fracturas significativas (clivajes) que las dividan; excepto la fractura ideológico-política articulada a través de los partidos. De esta forma, podemos entender su visión liviana y abstracta de “arriba” y “abajo” como una proyección de la clásica “élite/no éllite”, mucho más simple y menos conflictiva que la diferenciación más conocida de “clase” (otro concepto eludido en todo el libro). Es de esta forma cuando cobra sentido su interés por el sistema político presidencialista y mayoritario: entiende que un dictador-democrático (poseedor de todo el poder por elección popular) es suficiente para gobernar el pluralismo político partidista, sin entrar a valorar sus efectos sobre la representatividad y la inclusividad de su propuesta.

La creencia en que el pluralismo social occidental es bastante limitado resulta consecuencia de algo que también se omite: la interferencia católico-cristiana en el sistema de valores occidental. Al tratar la cuestión religiosa analiza a la secularización como una separación radical entre ambas esferas, quedando la religión limitada, básicamente, a la esfera privada o a conflictos públicos generados a partir de población inmigrante (exógena respecto a occidente). Una visión que deja fuera muchos matices de consideración. Por ejemplo, obvia la presencia en Europa (antes de la IIª Guerra Mundial) de una importante población judía, obvia la presencia de importantes bolsas de población inmigrante ya naturalizadas y residentes y ciudadanas, obvia las conquistas y colonizaciones europeas y qué consecuencias tuvieron en los países que las promovieron, etc.

No se puede entender la influencia de la población de origen árabe en Francia sin hablar de su presencia en África (Marruecos, Túnez…) pero, claro, como estos procesos se iniciaron “sin querer”…

CONCLUSIÓN

Sartori está fuera de onda. Desarrolla argumentaciones sin una cadena conceptual y lógica adecuada, cayendo en la extravagancia más inverosímil. Aplica a sus propuestas un fondo sociopolítico que u obvia de forma involuntaria o esconde de forma consciente. Relativiza algunos fenómenos desventajosos para su argumentación, mientras ensalza otros favorables, apuntando hacia unos contextos irreales a partir de los cuales define propuestas esperpénticas. En todo caso, resulta temerario, por no decir irresponsable, usar la soberbia intelectual para elaborar propuestas sin un marco adecuado y, si algo va mal en este libro es, precisamente, el marco general en el cual se encuadra.

La sociedad imaginada por Sartori no existe. O por lo menos, si lo hizo alguna vez, ya no se encuentra entre nosotros. Estamos ante unas sociedades plurales en valores y creencias, con problemas inmediatos a los cuales se debe dar solución. No sirven de nada las recetas extemporáneas para comunidades fantasmagóricas. No podemos negarle derechos a quién ya es titular de ellos. Ni podemos restringir libertades esenciales para el marco constitutivo democrático. No podemos obviar, o dar por supuesto -como hace Sartori aquí-, que la seguridad debe plegarse a la libertad. Ni suponer que restringiendo la representatividad de los partidos no limitaremos, además, la inclusividad de la ciudadanía a la que esos partidos representa.

Sartori parte de a prioris fantasmagóricos cuya ocultación supone, per se, un motivo suficiente para la suspicacia. No basta con la autoritas pasada de quién emite estas ideas para darles crédito. Ni, en una sociedad libre y democrática, es su autoritas suficiente como para aceptarlas sin examen y crítica previas. Y, por desgracia, suspende con rotundidad el examen. De tal forma que este libro ha servido, más que para considerar alternativas viables a los problemas actuales, para descartar otras propuestas por su clara invalidez ante el contexto complejo en que vivimos. Quizás, la próxima vez, haya suerte y vuelva el Sartori al que tanto echo ya de menos.