LA CARA MALÉFICA DEL “DEFINIR”

Definir, ponerle nombre a las cosas y darle un significado (o más) a cada una, nos ayuda a sobrevivir. Es nuestra forma de sentir que dominamos el mundo, que no nos devora con sus fauces de desorden y caos. Además nos ayuda a construir nuestra atalaya societaria,  creando etiquetas que podamos compartir con los demás para estar seguros que, al referirnos todos a lo mismo, en nuestras relaciones mutuas reina la certeza, la estabilidad y lo predecible.

Sin embargo, definir tiene una cara maléfica de la que solo solemos darnos cuenta cuando, por desgracia, ya es demasiado tarde: dar marcha atrás en el proceso de definición resulta muy complicado (por no decir prácticamente imposible) una vez que ya se ha puesto en marcha. Pregunto: ¿qué pasa cuando nos equivocamos al darle un nombre, o un significado, o ambas cosas a la vez, a algo o a alguien?

Tal cuestión forma parte de nuestra cotidianidad. Todos, alguna vez, hemos afirmado o juzgado con demasiada rapidez, y nos hemos arrepentido al poco -o mucho- tiempo de haber pensado o haber dicho esto o aquello. Muchas amistades o amores se han roto porque hemos cometido alguna estupidez de este tipo. Y nos hemos arrepentido. Y nos hemos disculpado. Y hemos llorado…

Aun así, a pesar de haber recibido la lección una y mil veces, seguimos cayendo en el error constantemente. Simplemente, somos así. En nuestra naturaleza está el instinto de supervivencia del cual depende, cuan agua de mayo, el definir Lo Real cuanto más rápido mejor. Si a esto le sumamos el vivir en una sociedad de ritmo acelerado, en renovación acelerada, en cambio acelerado… la probabilidad matemática de que nos equivoquemos al definir crece prácticamente de forma exponencial. Lo que no es moco de pavo, precisamente.

Cuando el error es “pequeño” en sus consecuencias, tú “te jodes y punto”. Aprendes la lección, en la medida de lo posible, y sigues adelante.

Pero, ¿qué pasa cuando el error es “grande” o “mayúsculo”?, ¿qué sucede cuando una definición incorrecta acaba generando injusticias irreparables?, ¿quién debe pagar el pato?, ¿es viable el “joderse y punto”?. y las consecuencias de nuestros actos ¿no merecen algún tipo de reparación, más allá incluso del mero lamento o la disculpa ritual? La gente sufre, es agredida o mutilada o asesinada, a veces incluso con una extrema crueldad, porque “alguien” se ha precipitado definiendo Lo Real… y los demás se han precipitado aplicando las consecuencias de esa definición. ¿Qué hacer cuando esto pasa?

No seremos una humanidad digna de dar un nuevo paso adelante evolutivo hasta que no tengamos, por lo menos, una reflexión sobre esta cuestión humana fundamental.

 

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