ESTRATEGIAS DE COMUNICACIÓN POLÍTICA (1): LA VICTIMIZACIÓN

Aquí empieza una serie de post con un objetivo claro: repasar las estrategias desarrolladas por la política para articular discursos ante la opinión pública para, a continuación, y en último término, intentar proponer tanto la necesidad de una estrategia propia de la izquierda como la necesidad de nuevos mecanismos para poner en práctica esta estrategia. Hago esta afirmación desde la conciencia de dos hechos: (1) la izquierda institucionalizada carece de una estrategia discursiva, lo que supone (2) una debilidad de las fuerzas de izquierda tradicional tanto en relación a la derecha como a la izquierda no institucional -ambas con una estrategia clara y que les ha llevado, respectivamente, a dominar y a amenazar a la izquierda tradicional-. Pero a esto ya llegaremos en otro momento.

Ahora toca definir “victimización” como una estrategia desarrollada por un actor político individual cualquiera que, al ser acusado o responsabilizado de algún hecho o comportamiento, fuera este hecho ilícito o inmoral o el reflejo de una relativización ética, articula discursivamente su defensa a partir del señalamiento de un enemigo exterior. En la definición de este enemigo exterior, el discurso hace hincapié, simultáneamente o no, en dos aspectos: (a) interno: es un enemigo falto de moral y de escrúpulos, un censor sin respeto a los derechos y las libertades de los demás; y (b) externo: es un enemigo que intenta atacarlo mediante una estrategia orientada o a derribarlo o a substituirlo o a obtener intereses y prebendas.

El uso de esta estrategia encaja en una amplia diversidad de situaciones: casos concretos de corrupción o inmoralidad; acusaciones de amiguismo o nepotismo; críticas a la gestión política de un tema público, especialmente cuando el atacado ostenta responsabilidades de gobierno pero también cuando se propone desde la oposición; etc. Esta amplitud de situaciones posibles hace que ésta sea una estrategia recurrente que, sin embargo, no ha sido estudiada todavía como corresponde. Quizás porque el análisis estratégico aplicado a la comunicación y al discurso políticos posee todavía un algo de especulación del que es difícil librarse. Tampoco es aquí nuestro objetivo demostrar la posibilidad de un trabajo riguroso, si bien sí queremos sentar las bases de interés para su desarrollo.

En cuanto a los objetivos de esta estrategia, podemos identificar con claridad tres: (1) Polarizar: cuando señalamos a un enemigo externo también estamos señalando a un antagonista y, con ello, establecemos un discurso lógico de “o A o B”, o “Yo” (Nosotros) o “el Otro” (Ellos); una consecuencia de esta polarización de dos contrarios es que todos los demás posibles antagonistas quedan excluidos, declarándolos irrelevantes y sin interés; (2) Desacreditar: la victimización no solo niega las acusaciones sino que las refleja en los aspectos negativos del enemigo externo (“no soy malo sino que un enemigo malo quiere hacerme parecer a mí igual que él es”); y (3) Reforzar: este discurso reflectante respecto a las características del enemigo externo refuerza el sentido de pertenencia del “Yo/Nosotros” en su antagonismo con el “Otro/Ellos”, y también dificulta la transferencia de los afectos a otras opciones (“nosotros somos los buenos y ellos son los malos”; cabe recordar que el antagonismo las ha excluido para, entre otras cosas, impedir esta transferencia.

En términos electorales: mientras la polarización y el refuerzo tienen un efecto más evidente sobre el voto propio o leal, anclándolo al Yo/Nosotros cuando se presenta a sí mismo como la opción atacada por el enemigo perverso, el descrédito del rival busca debilitar el voto del enemigo menos leal o más susceptible de cambiar a otras opciones para dar como resultado su debilitación. La suma de los tres objetivos consigue minimizar las pérdidas propias del atacado (o, incluso, conseguir alguna ganancia), mientras se causan pérdidas al atacante (o, en el peor de los casos, se le impide debilitar al atacado). Si el atacante no tiene una estrategia mayor, más allá de atacar al rival, posiblemente la eficacia de la victimización puedan conseguir dañar más que mejorar su posición estratégica.

Ahora que sabemos qué es, cómo funciona y qué objetivos presente, o sea, ahora que sabemos por qué resulta eficaz, nos queda conocer el antídoto: ¿cómo podemos combatirla cuando alguien la usa contra nosotros? Si necesitamos saber esto es que somos el atacante, así que repasemos lo antes dicho: (a) queremos desacreditar a alguien en base a un hecho o comportamiento que consideremos execrable y merecedor de una sanción negativa; (b) el atacado quiere hacernos una llave de judo: usando la fuerza de nuestro ataque contra nosotros, afirmando que somos tan fieros y peligrosos como la dureza de nuestras acusaciones; y por tanto (c) nos quiere marcar como inmorales y peligrosos para distanciarnos como opción tanto de sus votantes fieles como de nuestros votantes infieles -con el avieso fin de robárnoslos. Ello nos exige reflexionar sobre las siguientes claves:

  1. El valor del botín. Si nuestro resultado electoral depende en gran medida de votos infieles y/o no tenemos los votantes fieles suficientes como para mantener el ataque en el tiempo con la fuerza necesaria, tenemos que saber que, al planear un ataque, la posible victimización podría beneficiar más a nuestro rival que beneficiarnos nosotros (dada la importancia que para nosotros tiene el voto más fluctuante, la posibilidad de perderlo por robo o desmovilización es un riesgo que se debe valorar muy seriamente).
  2. La fuerza del ataque (I): los recursos. Ya hablamos de los votantes fieles y fluctuantes, pero no podemos olvidarnos de tres recursos más: (a) los medios de comunicación: que serán los que decidan cuanto dura nuestro ataque, su intensidad e, incluso, el enfoque -si nos son hostiles podrían contribuir más a la estrategia de nuestro rival que a la nuestra; (b) los altavoces sociales: aquellos que nos apoyarán reproduciendo o intensificando nuestros argumentos ante aquellos a quienes queramos y podamos convencer; y (c) nuestra organización: dependiendo del ámbito de nuestra organización y/o de nuestro ataque, contar con personas y recursos materiales para apoyar nuestro mensaje (web, redes sociales, folletos…) resulta un factor clave a veces poco considerado.
  3. La fuerza del ataque (II): el mensaje. ¿De qué queremos acusar a ese rival?, ¿es realmente tan grave como creemos?, ¿tenemos pruebas sólidas que lo sustenten?, ¿tenemos fuentes o materiales suficientes como para sostener el argumento en el tiempo?, y la sociedad o grupo o personas a quien queremos convencer, ¿son sus valores tan antagónicos respecto a esos hechos presuntamente execrables como deberían ser o, por el contrario, podrían encontrar algún tipo de justificación que minimice la fuerza de nuestros argumentos y refuerce los de nuestro rival? Aunque parezcan hechos claramente punibles, tenemos que analizar con la cabeza fría tanto la fuerza de nuestros argumentos por si mismos, como las posibilidades que tenemos de convencer a los demás con ellos.

Si creemos que tenemos unos buenos argumentos, contamos con medios para defenderlos, tenemos la fuerza para mantener el argumento en el tiempo y, además, contamos con un botín apetecible y beneficioso en términos relativos, no me pensaría dos veces el sacar la artillería de la verdad a la calle. Pero no siempre es así, y no todos los rivales lo permiten, por lo que el análisis estratégico y la reflexión son las mejores herramientas previas a cualquier decisión. Es más, como dijimos antes, el simple ataque a un rival, sin una estrategia mayor, se muestra la más de las veces débil ante una estrategia con tantas aristas como la victimización.

¿Porqué la victimización resulta tan efectiva? Varios son los efectos psicológicos que hacen de la victimización una estrategia eficaz. Veamos las más importantes. Uno de los más relevantes es el conocido como “efecto underdog” o la solidaridad con el más débil: ello nos lleva, en la vida cotidiana, a apoyar al equipo débil ante el fuerte -con la única excepción de si nuestro equipo es el fuerte, lo que ejemplifica también la importancia de tener los más votantes fieles posibles para que nos apoyen pase lo que pase-. Otro de los efectos es el “recuerdo negativo”: somos más proclives a recordar lo malo que lo bueno, lo negativo que lo positivo, o sea, que los votantes son más proclives a la victimización por su doble negación: “el atacado [no hizo] aquello que se le atribuye, pero sí lo hizo el atacante porque es [malo, perverso]”.

Los ejemplos de “victimización” son numerosísimos. Así que, para no liarnos mucho, vamos a escoger unos pocos y a presentarlos en orden sucesivo para que se vea claramente su diversidad y, de paso, ver a lo mejor casos que nunca hemos considerado de este tipo pero que, efectivamente, lo son.

  • El 11M supuso la acusación hacia el PP de una negligencia grave en la gestión de una crisis publica: el gobierno mintió cuando apuntó hacia ETA en la autoría e los atentados. ¿Hubo estrategia de victimización?, ¿existió alguna estrategia que supusiese el intento de acusar al acusador de características negativas de tipo interno o externo o de ambos tipos? Pues sí, hubo tal estrategia, si bien se conoce popularmente como “la Teoría de la Conspiración”. Este es un ejemplo de “victimización” que fracasó por los superiores recursos y argumentos del rival.
  • Carlos Menem lleva años viviendo en una hermosa villa situada sobre la línea fronteriza de Argentina con Uruguay. Muchos son los argumentos esgrimidos en su contra por corrupción, uno de ellos tiene su origen en 2002 cuando fue acusado de haber recibido 10 millones de dólares del gobierno de Irán para encubrir su responsabilidad en un atentado contra intereses judíos. ¿Cómo se defendió Menem de esta acusación?: dijo que tenía “un fuerte olor a maniobra política”. En este caso, fue el repetido descrédito de Menem el que acabó por anular su estrategia de victimización si bien, en un primer momento, había dado resultado; fue candidato presidencial en 2003 y fue el más votado en primera vuelta, aunque se retiro antes e celebrarse la segunda, algo que no le importó durante mucho tiempo ya que desde 2005 es Senador por La Rioja.
  • En España hay innumerables ejemplosel más conocido es el del expresidente valenciano Francisco Camps en su “caso de los Trajes”, donde además de reducir la magnitud de los argumentos también los atribuyó a un intento de ganarle fuera de las urnas. En las siguientes elecciones, aunque el PP perdió 70.000 votos ganó 1 escaño y Camps revalidó por tercera vez su mayoría absoluta, mientras que el principal atacante al PP, el PSPV, perdió 155.000 votos y 5 escaños. La política local también está llena de otros muchos ejemplos con resultado fluctuante pero que, en conjunto, demuestran la potencial eficacia de esta estrategia.

En síntesis, y para acabar, afirmamos que la técnica de la victimización se muestra eficaz y recurrente contra casos de acusaciones o intentos de asumir responsabilidades políticas, sobre todo, si quién la lleva a cabo cuenta con un ingente grupo de votantes propios o el atacante posee un interesante caladero de votos fluctuantes susceptibles de cambiar de bando si también cambia su opinión sobre esa opción. La importancia de los posibles efectos de esta estrategia aconseja pensarse dos veces cualquier ataque previo, valorando todas las claves que hemos apuntado aquí -y muchas otras que han quedado fuera por espacio o interés.

Advertisements

Deixar unha resposta

introduce os teu datos ou preme nunha das iconas:

Logotipo de WordPress.com

Estás a comentar desde a túa conta de WordPress.com. Sair / Cambiar )

Twitter picture

Estás a comentar desde a túa conta de Twitter. Sair / Cambiar )

Facebook photo

Estás a comentar desde a túa conta de Facebook. Sair / Cambiar )

Google+ photo

Estás a comentar desde a túa conta de Google+. Sair / Cambiar )

Conectando a %s