EL FALSO DEBATE SOBRE LA DEMOCRACIA

Los pseudodemócratas, desconocedores tan siquiera de qué es la democracia y qué mínimo común denominador exige para poder considerarse como tal (bastante más amplio y complejo que el considerado por ellos/as), exponen reiteradamente en los últimos tiempos algunos falsos debates que muestran, claramente, cuán grande es su desconocimiento -o demagogia- sobre la democracia. Veámoslos aunque sea rápidamente.

Directa vs. Representativa. Este es un falso debate porque, sencillamente, no son “distintas” la una de la otra. Es más, toda democracia necesita -para ser tal- algo de ambas. Los pseudodemócratas utilizan esta falsa dicotomía para construir un discurso elitista y repugnante. Según este discurso, más viejo que el TBO, la democracia directa es la esclava de las pasiones, y por tanto de las emociones, mientras que la democracia representativa es un freno decisorio, y como tal es más proclive a la razón que a la emoción. Falso.

Deliberación vs. Emoción. La segunda parte del discurso anterior extiende este argumento absurdo hasta vincular, exclusivamente, la deliberación a la representación, a los frenos decisorios. Solo razonamos, y deliberamos, cuando tardamos más en decidir algo: como si el factor tiempo mantuviese algún tipo de relación causal con la deliberación o con la razonabilidad. Otra estupidez sin sentido.

Democracia directa = Asamblearismo. Esta es una falsa analogía. El absurdo que la desenmascara es que la “democracia directa” es producto de un “demos”, por tanto de una unidad orgánica políticamente constituida. Mientras que la Asamblea tiene un origen heterogéneo (no homogéneo), espontáneo (no organizado), y políticamente caótico. Esta falsa analogía podría dotar de sentido al discurso elitista de los pseudodemócratas porque la asamblea sí tiene ese elemento caótico que su estúpido discurso precisa incorporar, y la democracia directa no posee.

Democracia Directa = Emoción = Populismo. Otro nuevo elemento entra en escena. Lo “popular” se describe como perverso, dentro de ese discurso que asocia a la emoción con lo visceral, con lo violento, con lo irreflexivo. Usted y yo somos parte de ese pueblo, de ese ser colectivo sin sentido común, entregado a la venganza y a la reacción. Solo tenemos que defender la “democracia directa”, y ya seremos parte de ese ser. Así de sencillo. Así de absurdo. Así de demagógico. Así de falso.

Todos somos seres humanos. Los que defienden las bondades de la democracia absoluta representativa (sin atisbo de voto directo), también. Esto nos iguala en una condición fundamental: la de poseer emociones y capacidad de raciocinio. ¿Quién asegura que estos absolutistas, puristas, defensores de una ridícula certeza travestida de verdad sobre la democracia representativa, no son precisamente ellos las víctimas de la sinrazón y la visceralidad?, ¿no es su miedo a los demás, a lo que podamos decidir entre todos, lo que mueve sus opiniones?, ¿no es su condena a la democracia directa, simplemente, una reacción ante una posibilidad de decisión que puede no gustarles y saben no son capaces de aceptar?

Y esto me devuelve al principio, a los mínimos exigibles de una democracia para poder ser tal. Aquí va un mínimo común denominador a todos los modelos de democracia posibles: la legitimidad del resultado. Sea directa o indirecta, todos los gobernados deben aceptarlo. Entonces, ¿no es este absolutismo representativista una manifestación discusiva fundamentada sobre la no aceptación de los resultados democráticos (directos)? Si se discute la democracia directa, se está discutiendo un mínimo común denominador. Lo mismo si se discuten sus resultados. Y eso sí que no es democrático, por mucha representatividad que se diga que se defiende.

ALGO DE ESPERANZA

Como todos os anos fun á Feira do Libro de Santiago de Compostela. A esperanza non a perdía a  pesar de que, ano tras ano, vía sempre o de sempre, ás librarías de sempre e cos títulos máis esperables dese mes. Pero este 2017 algo cambiou. Menos casetas, si, pero máis heteroxéneas. Vin atrevemento e ousadía en novas empresas e, especialmente, daquelas especializadas no cómic, a novela gráfica e o merchandising. Alita Cómics (Compostela) e Arigató (A Estrada) puxeron esa variedade.

Cruzo os dedos porque a Axenda da Feira, terriblemente tradicional, non acabe malogrando as cousas pero, sinceiramente creo, este é o camiño.

Ampliar o abano do literario introducindo, xunto aos xéneros tradicionais, máis variedade e máis atrevemento. Fáltanme charlas sobre novela gráfica e cómic, encontros para os afeccionados ao rol, mesmo acontecementos cosplay… Si, podo intuir os argumentos de quen cren que a banda deseñada está fóra da literatura; creo que se equivocan. Despois tamén están aqueles que cren que a banda deseñada debe ir por libre e independizarse dos demais; os feitos quítanlles a razón: a banda deseñada gañou sempre máis colaborando ca separándose.

Con todo, as esperanzas non deben permitirnos dar a batalla por gañada. Moitas cousas poden malograrse. Convén ser como o picapedreiro e insistir, sen descanso, en que menos casetas con máis variedade e unha Axenda máis dinámica, pode conseguir o que máis casetas e máis semellantes non conseguiron nos lustros anteriores.

Crucemos os dedos e insistamos. É o que hai.

LA CARA MALÉFICA DEL “DEFINIR”

Definir, ponerle nombre a las cosas y darle un significado (o más) a cada una, nos ayuda a sobrevivir. Es nuestra forma de sentir que dominamos el mundo, que no nos devora con sus fauces de desorden y caos. Además nos ayuda a construir nuestra atalaya societaria,  creando etiquetas que podamos compartir con los demás para estar seguros que, al referirnos todos a lo mismo, en nuestras relaciones mutuas reina la certeza, la estabilidad y lo predecible.

Sin embargo, definir tiene una cara maléfica de la que solo solemos darnos cuenta cuando, por desgracia, ya es demasiado tarde: dar marcha atrás en el proceso de definición resulta muy complicado (por no decir prácticamente imposible) una vez que ya se ha puesto en marcha. Pregunto: ¿qué pasa cuando nos equivocamos al darle un nombre, o un significado, o ambas cosas a la vez, a algo o a alguien?

Tal cuestión forma parte de nuestra cotidianidad. Todos, alguna vez, hemos afirmado o juzgado con demasiada rapidez, y nos hemos arrepentido al poco -o mucho- tiempo de haber pensado o haber dicho esto o aquello. Muchas amistades o amores se han roto porque hemos cometido alguna estupidez de este tipo. Y nos hemos arrepentido. Y nos hemos disculpado. Y hemos llorado…

Aun así, a pesar de haber recibido la lección una y mil veces, seguimos cayendo en el error constantemente. Simplemente, somos así. En nuestra naturaleza está el instinto de supervivencia del cual depende, cuan agua de mayo, el definir Lo Real cuanto más rápido mejor. Si a esto le sumamos el vivir en una sociedad de ritmo acelerado, en renovación acelerada, en cambio acelerado… la probabilidad matemática de que nos equivoquemos al definir crece prácticamente de forma exponencial. Lo que no es moco de pavo, precisamente.

Cuando el error es “pequeño” en sus consecuencias, tú “te jodes y punto”. Aprendes la lección, en la medida de lo posible, y sigues adelante.

Pero, ¿qué pasa cuando el error es “grande” o “mayúsculo”?, ¿qué sucede cuando una definición incorrecta acaba generando injusticias irreparables?, ¿quién debe pagar el pato?, ¿es viable el “joderse y punto”?. y las consecuencias de nuestros actos ¿no merecen algún tipo de reparación, más allá incluso del mero lamento o la disculpa ritual? La gente sufre, es agredida o mutilada o asesinada, a veces incluso con una extrema crueldad, porque “alguien” se ha precipitado definiendo Lo Real… y los demás se han precipitado aplicando las consecuencias de esa definición. ¿Qué hacer cuando esto pasa?

No seremos una humanidad digna de dar un nuevo paso adelante evolutivo hasta que no tengamos, por lo menos, una reflexión sobre esta cuestión humana fundamental.

 

PARARSE A PENSAR

I

Cuando la sal en la herida ahonda el dolor casi hasta ahogarte, sabes que ha llegado el momento de parar. Justo ahora, cuando más te duele, y quisieras gritar a los cuatro vientos, tienes que callar. Has sido guerrero, vuelves a ser mortal, tus huesos supuran sangre negra, color acero y olor a sal. Detente un momento y ponte a pensar, que puedes mejorar de lo que hayas hecho mal, cómo puedes evitar aquello dónde te has podido equivocar. Por mil años que pasen nunca podrás sentirte mal, por haberte parado a pensar en lo hecho antes de volver a empezar.

II

No temas, el tren volverá a pasar. Los viajes del destino tienen forma circular.

A PALOMA CHAMORRO, IN MEMORIAM

Hace muchos años, en una entrevista posiblemente ya olvidada, Paloma Chamorro dijo que su objetivo, con su periodismo cultural en TVE (cuando era la única cadena de Tv), era “ensanchar los límites de la libertad de expresión”.

Aquellos centímetros ganados con su trabajo, han encogido ahora. Y posiblemente tardemos décadas en volverlos a recuperar.

Todo se ha agriado demasiado. Todos nos hemos agriado demasiado. Tener razón, saber más que el de al lado, se ha convertido en un objetivo.De ahí que la conversación se haya encogido hasta casi desaparecer, mientras se extienden las discusiones con un volumen cada vez más estridente.

Perdemos libertad cuando permitimos substituirla por el respeto. No importa tanto decir lo que se quiera como decir algo que no escandalice a nadie. Lo políticamente correcto parece haber impuesto su imperio. Mala señal.

Mientras tanto, lo libre y transgresor, escandaloso y retador, se encuentra cada vez más agazapado, asediado en el rincón oscuro de la anomia. Ahí se agrían, junto a los sueños rotos y las oportunidades perdidas de quién pudo decir y no dijo, de quién pensó en hacer y no hizo.

La marcha de Palomo Chamorro nos recuerda, aunque sea a unos pocos solamente, que la libertad de expresión importa. Charlie Hebdo importa. Las realidades incómodas importan. El acceso a la información importa. La verdad importa.

Lo importante hay que defenderlo, con todo y hasta el final. Paloma Chamorro lo hizo, durante su vida y con su ejemplo. ¿Quién cogerá ahora su testigo? Cada uno tenemos ante nosotros una oportunidad. Aprovechémosla.

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA: SÍ, PERO NO ASÍ

Una constitución, entendida como una ley fundamental, una base sobre la que asentar el presente y el futuro de una comunidad política (no necesariamente democrática, ojo!), es imprescindible para cualquier forma de convivencia pluralista basada en la paz. La Constitución recoge la letra, y debería recoger también el espíritu, de un pacto entre las personas y grupos cuya convivencia formaliza. Y aquí llega algo importante: es este pacto el que construye y constituye a la “comunidad política”, y no al revés. Los “constituyentes” eligen denominarse X y formalizar su pacto en base a Xi condiciones, NO al revés.

El hecho último del origen de las constituciones es que los pueblos se hacen a sí mismos a través del diálogo y el acuerdo. Ni se hacen desde una élite, ni se diseñan desde algún manual. Esto es así porque el acuerdo constitucional, para validarse, necesita incluir a la mayoría cualificada de los sujetos afectados por ese acuerdo. Viene siendo algo así como una comunidad de vecinos: imaginad el desgobierno de acordar normas comunes, que afectan al conjunto de forma fundamental, sin el conocimiento y/o el consenso de la mayoría de vecinos/as.

Hoy, la Constitución Española afronta su 38 cumpleaños en un contexto complejo. Pues es obvio que el texto necesita actualizarse: el tiempo ha pasado y muchos de los avances, y retrocesos, producidos desde 1978 (cuando entró en vigor), han dejado lecciones valiosas de imprescindible incorporación al pacto básico de convivencia que es la Constitución. Algunas incorporaciones imprescindibles: reforzar los derechos fundamentales, incorporar derechos civiles derivados de la democracia y la sociedad de consumo, la precisión respecto al funcionamiento “democrático” de los partidos, el ajuste del modelo cameral español (el Senado está completamente desdibujado), etc.

A esto se deberían añadir otros aspectos necesarios de debate.

Pero lo importante no está en qué debe cambiar, eso es cuestión de otros muchos post, sino de cuándo y quién debe afrontar esa reforma.

Con el cambio del art. 135 a partir del compadreo de los partidos mayoritarios, y las dudas de su legitimidad, además de las consecuencias negativas derivadas de un cambio ausente de reflexión y debate, se nos devuelve a la base del pacto constitucional: no hay validez (ni gobernabilidad) posible sin una inclusión mayoritaria de los afectados por ese acuerdo. Esto no son solo los partidos sino, y fundamentalmente, los sujetos. No podemos confundir al representante con el representado, ni equipararlo, ni considerar que el % de voto de uno representa su nivel de apoyo en todas las cuestiones planteadas. La democracia se fundamenta en la inclusividad, la información, el debate y la reflexión.

A este hecho debemos sumar otra cosa: si las sociedades cambian, pues los recambios generaciones y los hechos tienen un impacto en el presente y el futuro de las comunidades políticas, los cambios del texto deben incluir a estas nuevas generaciones y a las lecciones aprendidas de estos hechos. O, en otras palabras, ni los nuevos partidos ni los nuevos temas deberían excluirse del debate constitucional. Cualquier exclusión sería una quiebra a la legitimidad tan básica que, incluso, podría poner en peligro la aceptación del pacto constitucional alcanzado.

La Constitución Española debe reformarse, pero no de cualquier manera, y menos todavía de la forma puesta en práctica durante la reforma del art. 135. Debe ser el dialogo, no el compadreo, el método fundamental para entrar, con un nuevo texto constitucional, en un nuevo tiempo en el que YA estamos viviendo.

UNA VUELTA AL PASADO

El contexto mundial multilateral, impulsado extraordinariamente tras la IIª Guerra Mundial, y consolidado tras el fin de la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín -erigido sobre los hombros del conocido como “pensamiento único”-, atraviesa una intensa crisis. El sistema de organizaciones internacionales, de cooperación entre estados, de decisión multilateral y, especialmente, de resolución pacífica de controversias, está seriamente amenazado. Sus propios errores, a partir de problemas evidentes de legitimidad democrática y eficiencia económica, han despertado a su viejo antagonista dormido: el proteccionismo. Vuelven a la vida las viejas luchas.

La principal lucha en liza es la del internacionalismo contra el nacionalismo, la juridificación de la persona contra la jurificación del patriota, el diálogo basado en las similitudes (qué nos une) contra el diálogo basado en las diferencias (qué nos separa). En este contexto, el Estado-Nación recupera su protagonismo perdido, las estrategias multilaterales ceden ante las estrategias bilaterales, las zonas de influencia se substituyen por los polos y, en consecuencia, los actores internacionales del Estado-Nación vuelven a lógicas más basadas en su importancia geoestratégica (militar) que en su potencial económico-financiero (basado más en actividades de alto valor añadido, y menos en actividades primarias o industriales).

No es de extrañar, estando así las cosas, que las organizaciones internacionales con el futuro más comprometido sean, precisamente, aquellas donde la resolución de controversias y el multilateralismo son predominantes: el sistema ONU (OIEA, OIT, UNESCO…) y las instituciones derivadas directa o indirectamente de Bretton Woods (FMI, Banco Mundial, OMC…). Y las organizaciones internacionales con mayor capacidad de protagonismo, tanto en el futuro inmediato como a medio y largo plazo, sean aquellas de corte más claramente militar: la OTAN, fundamentalmente. Incluso resulte más significativo, para tener certezas de hacia dónde vamos globalmente, observar a las organizaciones que recuperan o adquieren protagonismo, que aquellas que lo pierden.

Lo más irónico de todo esto es que sabemos a Ciencia cierta que esta vuelta atrás hacia el nacionalismo, el proteccionismo y el bilateralismo, no va a funcionar. El s. XX ha dado numerosas muestras de su fracaso , en términos cuantitativos, y estremecedoras, en términos cualitativos. La IIª Guerra Mundial ha sido la más contundente. Entonces, ¿porqué lo estamos haciendo?, ¿porqué fundamentamos el fracaso del modelo neoconservador no en una corrección de errores, o en la búsqueda de nuevas e inexploradas alternativas, sino en la vuelta a viejas fórmulas ya conocidas por resultar fracasadas y catastróficas?, ¿cuánto tiempo más vamos a tener que desperdiciar antes de dejar atrás las viejas dicotomías y empezar a mirar al futuro con nuevas miradas?

Aunque desesperante, este revival de las viejas luchas, y de los viejos dramas y de los viejos fracasos, tiene una explicación: durante tres décadas, quienes no querían ni al nacionalismo ni al neoconservadurismo se han entretenido más en la oposición que en la construcción de alternativas. Ahora, que esas alternativas nos son imprescindibles para salir de esta lógica destructiva, cuando hacían falta nuevos esquemas a partir de los cuales salir de este atolladero, esas alternativas no están. Lógicamente, la izquierda política clásica tiene en esto gran parte de culpa. Obnubilados por el neoconservadurismo, por su propaganda económica y su lustrosa publicidad, renunciaron a seguir mirando al futuro, limitándose unos a gestionar el presente (socialdemocracia, le llaman), y otros a oponerse indignados a su gestión.

¿Y ahora qué? La única salida viable es empezar, ya, a construir esos esquemas, a promocionar esas nuevas ideas. Así, cuando el ciclo vuelva a cambiar, cuando el proteccionismo vuelva a confirmar por enésima vez su fracaso, quizás tendremos otro camino hacia el que virar distinto a los ya conocidos y que, por desgracia, solo saben llevarnos a la crisis y al fracaso.

Pongámonos cuanto antes a ello.